Obama: el anti-Fidel

Glenn Greenwald escribió:

Como escribí en abril, cuando los expertos progresistas en Washington estaban tan desconcertados por el supuesto “error táctico” de Obama por no insistir entonces en el aumento del techo de la deuda, el “mal estilo negociador” o la “debilidad” de Obama es en realidad una “negociación astuta”, porque está consiguiendo lo que realmente quiere (que, sorprendentemente, no siempre es lo mismo que declara públicamente que quiere).

Creo que el argumentar, de una manera u otra, sobre las posibles motivaciones de Obama es irrelevante.  Al margen de las intenciones de Obama, su presidencia es ya un episodio trágico en la historia de EE.UU. y del mundo.

Todas las analogías tienen defectos, pero la mejor que se me ocurre ahora es la del gobierno provisional ruso en marzo de 1917, después de que el zar fuera expulsado del poder, dejándole un gran lío por desenredar al gobierno de Kerensky. Con Rusia desangrándose por la guerra, los campesinos sin tierra aplastados por las deudas y el espectro del hambre en la ciudad y el campo, Rusia necesitaba el uso urgente y resuelto del poder para salir de la situación. Kerensky, una figura patética, sin la fortaleza para tomar ninguna acción decisiva, siempre de puntillas ante los poderes fácticos, desperdició su oportunidad en maniobras políticas mezquinas, permitiendo el reagrupamiento de los monarquistas (y toleró las conspiraciones abiertas de Kornilov, su líder, contra el gobierno y contra las organizaciones soviéticas emergentes). Kerensky era sólo valeroso y agresivo contra quienes estaban en su flanco izquierdo.  La parálisis política efectiva frente a una inercia social catastrófica de esta índole — parálisis no en referencia a las intenciones de los líderes, sino en función de las necesidades reales de la sociedad — tiende a conducir a sufrimientos y perturbaciones mayores que los que en vano busca evitar.

Prominentes líderes bolcheviques (y con mayor razón el resto de la izquierda rusa) estaban adormecidos por el impasse. “Quizás las noticias del frente de guerra mejoren.” “Tal vez tengamos suerte y los monarquistas acepten su suerte y abandonen sus complots”. Lenin, un hombre no del todo diferente al resto de nosotros, anticipó lo que venía y huyó a Finlandia — justo a tiempo para evitar su captura y casi seguro asesinato.  Exiliado en Finlandia, Lenin preparó su regreso y campaña para persuadir a sus camaradas bolcheviques — incapaces de asumirse en el poder — para que tomasen medidas decisivas y previnieran la “catástrofe que nos amenaza”.

No estamos hoy en la posición de Lenin. Las organizaciones de la izquierda en EE.UU. no están fogueadas ni listas como el partido bolchevique lo estuvo en el otoño de 1917. (Y por favor, téngase en cuenta que esta es sólo una analogía, es decir, todo es mutatis mutandis.)  Sin embargo, en muchos aspectos, estamos nosotros en una mejor posición que los bolcheviques en aquel entonces, y sin duda podemos hacer mucho más de lo que creemos — y es mucho más lo que debemos hacer.  A pesar de que no nos enfrentamos hoy a una tragedia en la escala de la que afectó a Rusia en 1917, la dislocación económica, el desempleo, la pobreza y el sufrimiento masivo están ya en niveles intolerables y van en aumento.  Estamos involucrados en tres guerras sangrientas, ninguna de las cuales tiene visos de mejorar.

Me imagino a algunos escritores discutiendo entonces acaloradamente que Kerensky no era una figura patética, que tenía determinación y claridad de miras, porque avanzaba en su agenda personal, aunque a expensas del interés de la masa de trabajadores rusos. Como si eso importara un bledo. ¿A quién demonios le importaba lo que realmente quería Kerensky en el fondo de su corazón?  El hecho relevante era que las acciones de Kerensky no estaban a la altura de lo que Rusia, como una sociedad que buscaba evitar su desintegración en el verano y el otoño de 1917, necesitaba realmente: paz, pan y tierra.  Más importante aún, fue precisamente ese abismo entre las necesidades sociales sentidas por el pueblo ruso y la inacción lamentable del gobierno de Kerensky, un abismo que agotó su tolerancia y les obligó a tomar los asuntos en sus propias manos, lo que impulsó la insurrección de octubre.

Estoy absolutamente convencido de que votar por Obama, y ​​llamar a la gente a votar por él, fue lo correcto en 2008. Eso no tuvo que ver — como argumenté entonces — con ayudar a Obama a alcanzar sus fines personales, sino con los sectores más oprimidos de la población trabajadora — los negros y los hispanos, los jóvenes, en los EE.UU. y en el extranjero — quienes, como cualquiera con ojos para ver pudo notar, expresaron la necesidad ferviente de poner un hombre negro en la Casa Blanca, un objetivo con el cual se comprometieron en una medida sin precedente reciente. No se trataba de ayudar a un individuo enamorado de sí mismo a alcanzar una ambicionada meta personal, sino de ayudar a masas de trabajadores aplastados por el orden social a ampliar el horizonte de lo que consideraban posible. Incluso Fidel Castro, a distancia, pudo advertir lo que Obama representaba para nosotros. La izquierda puede chuparse el dedo, refocilarse en el onanismo político de sus objetivos más radicales y puros, o verse a sí misma como un instrumento político de gente trabajadora concreta en movimiento. No es el propósito de la izquierda el fomentar las ilusiones y los prejuicios de la población trabajadora. Por el contrario, el propósito de la izquierda es ayudar a la gente a disipar sus ilusiones y a superar sus prejuicios. Pero, el cómo hacerlo es esencial. Mecánicamente, hay poca diferencia entre una violación y un acto sexual romántico y consensual. Sin embargo, humanamente, se trata de polos opuestos. El proceso de ayudar a la gente disipar sus ilusiones requiere, no la amonestación moralista desde las alturas olímpicas, sino un intercambio respetuoso con ellos. Ayudarlos a alcanzar y a precisar sus metas es el punto de partida. No porque sus objetivos sean los objetivos más avanzados que la izquierda pueda imaginar, sino porque sus objetivos son suyos.  Lo contrario de la alienación es la apropiación. Para los trabajadores al fondo del orden social, la superación de su alienación — sin la cual no hay liberación humana alguna posible — significa convertir ese mundo de ahí afuera en su propio mundo.

Esta mañana, como hago a menudo, pensaba yo en lo que hizo que la revolución cubana sobreviviera contra tanta adversidad, en lo que hizo que Fidel se convirtiera en el líder eficaz que es. Pensé en cómo trata él a la gente. Hace unas semanas, el hombre — un hombre que hace ya años muchos daban por muerto — probablemente le salvó la vida a Hugo Chávez por segunda vez.  La primera vez, dirigió personalmente el aislamiento diplomático del golpe de Estado del 2002 en Venezuela, evitando el asesinato de Chávez y asistiendo luego en la organización de su rescate por la guardia presidencial.  Esta segunda vez, a principios de junio, al advertir las aflicciones físicas de Chávez y persuadirlo para que se sometiera a un examen médico que le detectó un tumor potencialmente mortal en el abdómen. Esta forma de tratar a las personas, preocupándose por sus necesidades, no es algo que Fidel limita a gente de la talla oficial de Chávez.  Voy a ilustrar esto con una anécdota personal: En 1983 o 1984 (no recuerdo ahora exactamente cuándo sucedió esto), cuando el mar Caribe amenazó con tragarse a aquellos de nosotros que vivíamos entonces en el borde norte y bajo de La Habana (un fenómeno que los cubanos llaman “ras de mar”, una penetración marina que inundó varias cuadras adyacentes al Malecón habanero), vi al hombre, a un brazo de distancia, dirigiendo los rescates, haciendo preguntas y dando órdenes, calmando a niños y ancianos, sacando físicamente a gente de los sótanos y poniéndola en embarcaciones para enviarlos a lugares seguros. Los daños materiales fueron cuantiosos, pero no hubo una sola víctima humana.  Impensable en ningún otro país de América Latina. Impensable en la Louisiana de Bush II. El mensaje que Fidel y su Partido Comunista nos envió fue muy claro y sonoro – “Estamos a tu lado. No escatimaremos esfuerzo para proteger la vida de los nuestros. Tus necesidades son nuestras necesidades”.

Obama es el anti-Fidel. Las necesidades de Wall Street, las necesidades del establishment, las necesidades de las grandes compañías de seguros, las necesidades del complejo militar-industrial son sus necesidades. Por otro lado, nuestras necesidades, las necesidades de los trabajadores de línea, son ajenas a él. Aquellos de nosotros que apoyamos y celebramos su ascenso a la Casa Blanca tenemos buenas razones para estar decepcionados y enojados.  Escaló la guerra en Afganistán (no importa si, durante su campaña, amenazó que la iba a escalar). Sus decisiones económicas están devastando la vida de los trabajadores. Aun si pudiera, no cambiaría yo mi voto del 2008. Pero, eso ya está en el pasado. Dada la oportunidad, Obama se negó a crecerse como líder y a hacer lo que los tiempos exigían de él. Él se unirá a Kerensky en algún nicho del infierno de Dante. Nosotros debemos sacar las lecciones apropiadas de esta amarga experiencia y luchar.

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1 Comment

  1. Hola! Julio, me da gusto saludarte de antemano y comentar sobre tu articulo y de entrada la foto (fotomontage) me parece curiosa pues queda exacta a la cara del expresidente y por otro lado es muy real en la vida cotidiana pues en este nueva generacion, veo mas meztisage y es una tendencia en este mundo global.
    Segundo, tu comparacion, diria yo que la tipologia es un buen ejemplo, creo que la ambiguedad deja mas dudas que mi aguelita en patines.
    Tercero, nadien se equivoco en apoyar las elcciones pasada al hoy presidente, y esos es verdad, pero desgraciadamente a dejado pasar su oportunidad de mostrar su verdadero corage.
    Y Quinto, hay que reconcer con letras grandes las lecciones y virtrudes de paises tercemundistas como cuba, como sus estrategias sin fines de lucro y solidaridad comunitario sin nesecidad de subsidios trabajan hacertadamente.

    Cuidate mucho y recibe saludos. Carlos Catalan.

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