La solución a la crisis global de la deuda

Paul Krugman no se ha cansado de discutir en su blog las diversas manifestaciones y aspectos de lo que yo llamo la “crisis” de la deuda global (lea por qué en el párrafo siguiente).  La deuda surge cuando las personas que necesitan gastar hoy no tienen fondos para hacerlo y reciben crédito de aquellos que tienen fondos hoy, pero que no los tienen que gastar de inmediato. La contrapartida de esto es que los deudores tienen acceso al acervo de bienes hoy disponibles (para consumo o uso productivo) más allá de sus medios actuales, mientras que los acreedores reducen voluntariamente sus reclamaciones correspondientes a esos bienes hoy existentes, a cambio de — si todo ocurre como se le prevé – disponer de más bienes en el futuro.

Para examinar la cuestión, propongo (ver mi declaración en el párrafo anterior) que, en lugar de mirar a la “crisis” de la deuda pública en EE.UU., la “crisis” de la deuda pública griega, etc. por separado, las veamos todas como lo que realmente son, es decir, manifestaciones de una y la misma “crisis” global de la deuda.  Pensémoslo de esta manera: Consolídense las hojas de balance de todos los hogares en el mundo en dos agregados: (1) la hoja de balance de los extremadamente ricos (0.0001% o menos de la población mundial) y (2) la hoja de balance del resto de nosotros. Supongamos que todo lo que hay (sea activo o pasivo, organizado en empresas, etc.) pertenece en última instancia a los hogares (o a los individuos, no importa). Por ende, que cada hogar tome la proporción que le corresponda del patrimonio neto de su gobierno (negativo, si los pasivos superan los activos públicos). Un simple cálculo aritmético. (Esta división, por cierto, se intersecta casi exactamente con la división social que los marxistas enfatizan entre los que poseen la riqueza y la utilizan como capital, los “capitalistas”, y los que no la poseen y, por ende, deben ganarse la vida, principalmente a través de los ingresos que provienen de su empleo, los “trabajadores”).

Entonces notaremos claramente esta regularidad: El resto de nosotros somos deudores netos y los extremadamente ricos son acreedores netos. Esto es de esperarse. Sigue de la definición misma de ser extremadamente rico. En otras palabras, los pasivos públicos (y de los hogares) en EE.UU., los pasivos públicos (y de los hogares) en Grecia, etc. — toda la deuda que emitimos el resto de nosotros de una u otra manera — son activos en el balance de los extremadamente ricos. Ellos mantienen nuestra deuda en sus carteras como un activo. Esto, por cierto, sugiere de inmediato que los extremadamente ricos están en una posición perfecta para demostrar su amor a la humanidad, perdonando la deuda (o siquiera una pequeña porción de ella), lo que equivaldría a la solución inmediata de la “crisis” de la deuda. Pero no debo adelantarme….

¿Por qué es una “crisis”? (A partir de aquí, debería yo probablemente quitar las comillas. No quiero dar la impresión de que esta crisis es una mera ilusión que podemos disipar cerrando los ojos. Las comillas son para indicar que el tema de la deuda puede y debe separarse de la cuestión del empleo, al menos en teoría). Pues bien, se trata de una crisis (sin comillas) porque los extremadamente ricos se sienten extremadamente nerviosos sobre la capacidad del resto de nosotros de honrar esa deuda, y no quieren admitir que la deuda vale menos de lo que pensaban que valía cuando la adquirieron.  Es decir, se niegan a sufrir lo que en Wall Street llaman un “haircut” (un “corte de pelo”), es decir, una pérdida cuantiosa en el valor de su cartera.  Cuando los extremadamente ricos decidieron prestar esos fondos tenían la expectativa de que les rendirían beneficios reales (es decir, descontando la inflación) más altos de los que ahora parece que pueden obtener. ¿En qué estaban pensando?

Lo que los keynesianos, como Krugman, está diciendon a los obtusos ideólogos de los extremadamente ricos es: “Esto no requiere que se le añada el agravio del desempleo, excepto en sus retorcidas mentes. De hecho, el desempleo solo vuelve más difícil para el resto de nosotros el pagar esa deuda. Por lo tanto, deben darnos una pausa o respiro. El desempleo sólo va a empeorar las cosas, ya que el resto de nosotros va a tener menos recursos para afrontar la deuda. Así que es mejor que los extremadamente ricos presten más dinero a los gobiernos, dinero que los gobiernos pueden gastar para reducir el desempleo.  Como resultado de esto, la deuda va a parecer más pequeña (en proporción al tamaño de una economía que crece) y el problema quedará debidamente controlado.”  (Y esto es independiente de si debemos mantener los gastos militares en sus montos actuales, que — en el caso de EE.UU. — están en un nivel sin precedente.)

El enfoque keynesiano (la expansión fiscal y monetaria), si se instrumenta en serio (como señala Krugman, la Segunda Guerra Mundial sugiere qué tipo de expansión fiscal es necesaria para reducir el desempleo a tasas decentes), se traducirá en una inflación moderada. Lo bueno de este enfoque es que la inflación permite efectuar una redistribución efectiva de la riqueza de los extremadamente ricos hacia el resto de nosotros, pero detrás de las bambalinas, por así decirlo. Es algo que sucede en las oscuras entrañas de una economía monetaria, que la mayoría de los mortales encontramos tan enigmática como la magia negra.  Así, a la gente no se le ocurrirá pensar cosas.  Las sagradas instituciones de la propiedad privada, los mercados y la desigualdad social se mantendrán en su lugar. De hecho, incluso éstas pueden recuperar algo de la credibilidad y la legitimidad perdidas en la crisis. Parece un acuerdo razonable para los extremadamente ricos: “El ángulo de corte de tu rebanada será más angosto por unos pocos grados, pero el pastel todo va a aumentar de tamaño (y el sistema evitará así que surjan retos más radicales), por lo que vas a terminar comiendo más pastel. Y la gente no se dará cuenta de la forma en que esto sucedió realmente”.

Pero el ala obtusa de los extremadamente ricos no tiene ningún interés en esto. Ellos odian todo lo que perturbe las jerarquías sociales. Si los extremadamente ricos siguen siendo extremadamente ricos, e incluso se vuelven más ricos en términos absolutos, pero un poco menos ricos en comparación con el resto de nosotros, eso es algo que ellos no pueden tolerar. A ellos les obsesiona la preservación de las jerarquías sociales existentes. Cualquier cosa que aplane estas jerarquías sociales es insoportable para ellos. Por lo tanto, para ellos, la propuesta keynesiana es impensable.  ¿Su “solución”?  ¡El desempleo!  ¡Liquidar, liquidar, liquidar! — que (como lo señalan los keynesianos) sólo consigue empeorar la crisis de la deuda.

Pero, si el resto de nosotros no nos volvemos más ricos (en comparación con los extremadamente ricos), entonces no seremos capaces de pagar las deudas a los extremadamente ricos.  Es un callejón sin salida.  Por lo tanto, de una manera u otra, la solución tendrá que consistir en alguna forma de redistribución de la riqueza. Hablándo de Grecia, permítaseme una digresión brusca aquí: Leí recientemente acerca de lo que es quizás el primer caso documentado en la historia de solución a una crisis de deuda.

Al parecer (no soy experto en asuntos históricos, por lo que estaré encantado en corregir si alguien ofrece una mejor versión de los acontecimientos), las reformas de Solón (Solón fue uno de los siete sabios de la Grecia antigua) en las etapas incipientes de la antigua civilización griega, dieron lugar al primer marco legal documentado en la historia consagrando lo que hoy conocemos como propiedad privada. Sucede que, como resultado de estas reformas, después de un giro dado a la rueda, los hogares y el proto-estado griegos acumularon deudas altísimas que pusieron muy nerviosos a los acreedores. Antes de introducir los derechos de propiedad privada, la gente estaba acostumbrada a ayudarse (y a recibir ayuda) entre sí, sin mantener la contabilidad exacta de lo dado y recibido. Es claro que ese acuerdo no era ya funcional para la sociedad griega en ese tiempo, y es por eso que tuvieron que introducer la propiedad privada.  Yo diría que lo que fue necesario en la antigua Grecia está demostrando ser intolerable hoy en día, pero permítanme dejar este argumento para mis notas sobre socialismo. Baste decir aquí que, en algún momento, la polarización de la riqueza a que estas reformas dio lugar obligó a Solón a oprimir el botón de reinicio: Solón tuvo que decretar la eliminación de las deudas existentes, con el fin de poner otra vez las cosas en marcha y evitar las desintegración de la sociedad.

Creo que algunas mentes iluminadas entre los extremadamente ricos, esos que leen (y entienden) a Krugman, se dan cuenta que alguna versión de las reformas de Solón va a ser necesaria hoy día.  Es decir, los dos o tres de ellos que leen (y entienden) a Krugman. Dada la situación, están dispuestos a aceptar el “corte de pelo”, siempre y cuando la gente no lo note.  Ellos sólo quieren que el mecanismo de la solución — una modesta redistribución de la riqueza a nuestro favor y a sus expensas — quede oculto. Tal vez este alboroto politico sobre el techo de la deuda política ayude a algunos de los obtusos a aceptar el enfoque keynesiano. Una vez más, este enfoque utiliza la inflación y la prestidigitación financiera para ocultar el hecho de que se quita riqueza de los extremadamente ricos y se da riqueza al resto de nosotros, hasta el punto en que los extremadamente ricos se sienten menos ansiosos sobre nuestra capacidad de pago, quedando así dispuestos a mantener abierto el casino capitalista.

Krugman se ha referido a Franklin D. Roosevelt y a la Segunda Guerra Mundial en varias ocasiones. El caso de Roosevelt es, por supuesto, una ilustración reciente de la reforma de Solón a sus reformas.  Pero viene a mi mente otro caso menos conocido: México en la década de los 1980. Es sabido que Carlos Salinas cometió fraude electoral para convertirse en presidente en 1988. Como resultado de bajos precios del petróleo, altos servicios de la deuda pública y las políticas contractivas impuestas por el Tesoro de EE.UU. a través del FMI y que asolaron al país por más de un lustro, las finanzas del gobierno mexicano y la tolerancia de los mexicanos estaban al punto del colapso. Fidel Castro trató de organizar una revuelta contra los bancos internacionales en América Latina, los bancos respondieron con tácticas divisionistas y la iniciativa de Fidel no consiguió mucha tracción. Poco después de su toma de posesión, Salinas envió a su gente a negociar con los bancos. Mientras las negociaciones se llevaban a cabo, en la ciudad de México, Salinas llamó a sus ministros a una reunion “secreta” cuidadosamente coreografiada.

Como buen actor, Salinas le dijo a sus ministros muy solemnemente que el ” secreto” era esencial y que México suspendería pagos si los negociadores mexicanos regresaban con las manos vacías. Incluso Cuauhtémoc Cárdenas, líder de la oposición y víctima del fraude electoral, tendría que apoyarlo. El país debería prepararse para la suspensión de pagos y para lidiar con la ira de Wall Street.  Los bancos se enteraron del “secreto” y aceptaron el “corte de pelo”. La deuda externa pública de México se redujo efectivamente en una quinta parte, más o menos. La economía de México pudo respirar de nuevo. Solón y FDR aplaudieron desde los altos cielos. Sin embargo, los bancos insistieron en una condición: no hacer pública esta flagrante violación de las reglas sagradas de la propiedad privada, mantener todo en secreto y — como no se podía tapar el sol con un dedo — hacer uso de una serie de actos de prestidigitación financiera (unos “bonos Brady” por aquí, unos pocos “swaps” por allá) para esconder el considerable “corte de pelo” que los bancos estaban recibiendo. No se hizo mucho de este asunto.  En 2003, Argentina obligó a los bancos extranjeros a una similar “reestructuración” de su deuda, pero los argentinos fueron más vocales al respecto — algo que suscitó el enojo de los bancos.

Por lo tanto, si la historia sirve de guía, alguna forma de redistribución de la riqueza en nuestro favor se va a tener que dar, tarde o temprano. Pero, como en el caso de México, mientras más tarde sea, más los extremadamente ricos y sus sirvientes políticos nos van a hacer la vida imposible. No hay nada como una depresión económica prolongada para poner a la gente en su lugar. Eso es lo que nos tienen guardado. Pero, ¿por qué no nosotros — “el resto de nosotros” — nos adelantamos en este juego trágico?

¿Qué somos? ¿Pacotilla? ¿No es hora ya de rebelarse y perseguir en todas partes, en una u otra forma, el repudio de la deuda? Tenemos que obligar a los émulos actuales de Solón (si el molde no les queda muy grande) a que opriman de nuevo el botón de reinicio. Pero, y si vamos a luchar por ello, ¿no deberíamos acaso demandar mucho más? ¿Por qué no buscar de una vez reconstruir las bases del órden económico mundial?

La historia no puede ser sólo una vuelta interminable en este inútil casino-carrusel. Necesitamos una verdadero arreglo económico democrático — es decir, socialista. Pronto.

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2 Comments

  1. Añado aquí que, después, los bancos se repusieron y vengaron como bandidos del “corte de pelo” mexicano de 1988. La oportunidad se presentó cuando el peso cayó en diciembre de 1994. El rescate, organizado por Rubin (Tesoro) y Fischer (FMI) impusieron condiciones onerosas a México, que representaron una renegociación de facto del TLCAN en favor de los intereses especiales que imperan en las negociaciones comerciales de EE.UU.

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