Sobre el socialismo del siglo 20

Aunque se observan signos alentadores de resistencia popular, los gobiernos en los países del mundo occidental rico siguen avanzando en su brutal designio de pasar la factura de la crisis económica a sus trabajadores y a la población de los países pobres.  La crisis capitalista agrava la crisis ecológica global y agudiza ominosamente las tensiones internacionales, en tiempos en que el acervo militar del mundo imperialista alcanza picos históricos, su base económica doméstica se debilita y el centro de gravedad de la economía mundial sigue desplazándose hacia el Sur.

La debilidad política del socialismo en el mundo (si exceptuamos los alentadores avances en América del Sur) es indicio de que, no se diga la imperiosa necesidad, sino siquiera la mera posibilidad de disolver el capitalismo y construir el socialismo está lejos de haberse establecido firmemente en la conciencia y voluntad colectivas de los trabajadores del mundo.  La propaganda capitalista ha conseguido imponer su interpretación del record histórico del socialismo del siglo 20, presentándolo unilateralmente como un fracaso irredento.  Otro aspecto de esta desolación ideológica es, por supuesto, la incapacidad de los socialistas por apropriarse, crítica pero también solidariamente, de esa experiencia histórica, separando cuidadosamente necesidad y azar, causa y efecto, forma y sustancia, y — sobre esa base — articular una visión más potente del porvenir que queremos.

El socialismo — una sociedad de, por y para los productores directos, una sociedad en la que los productores directos controlen, como individuos socializados, premisas, procesos y resultados de su actividad productiva — no puede ser un fruto histórico espontáneo.  Por el contrario, sólo puede ser un producto construído adrede, intencionalmente.  Eso implica que un diseño viable, cada vez más completo y detallado de la sociedad socialista, debe formarse en la mente colectiva de los productores antes que pueda convertirse en realidad.  Este proceso intelectual colectivo debe alimentarse, no sólo del aprendizaje derivado de la luchas de los trabajadores del mundo en curso hoy día, sino también de la asimilación de la experiencia histórica pretérita.

Los trabajadores concretos de carne y hueso, partiendo de lo que somos, de nuestro tiempo y circunstancia, pero tendiendo hacia una creciente unidad, organización, autoeducación y militancia, necesitamos imaginar el socialismo, antes de emprender y reemprender la tarea de construirlo.  Esto es cierto aun si — sobre la marcha, en el proceso de lucha y construcción — nos llegamos a ver obligados a comenzarlo todo de nuevo, una y otra vez.  Si tenemos que rediseñar el socialismo ab initio, cuantas veces sea menester, hasta que nuestros resultados y necesidades radicales se correspondan, que la decisión de empezar de cero no sea premisa, sino conclusión de la evaluación cuidadosa y justa de la experiencia histórica.

El hecho es que, mientras los trabajadores no construyamos en nuestras mentes una visión plausible, suficientemente coherente y detallada de la sociedad del futuro, mientras reprimamos nuestra imaginación política en obsequio al status quo, nuestra práctica política se va a mantener atrapada en los miserables confines del oportunismo y el reformismo.  Como David Laibman (Science & Society) ha planteado, a la TINA (“There Is No Alternative” o “No hay alternativa”) de Margaret Thatcher, los socialistas debemos oponer nuestra TIARA (“There Is A Revolutionary Alternative” o “Hay una alternativa revolucionaria”).  Nuestra alternativa revolucionaria necesita madurar, adquirir forma, textura y colorido, en nuestra conciencia colectiva, antes que estemos en condiciones de ponerla en práctica y durante dicha puesta en práctica.

En el siglo 21, los socialistas en los países ricos, no podemos desentendernos de la experiencia histórica práctica del socialismo.  El temor a que el legado trágico (pero también heróico) de esa experiencia nos contamine y desacredite, la inclinación a distanciarnos emocional, intelectual y políticamente de esa experiencia, no está desligada de la arrogancia ideológica racista e imperialista que menosprecia las experiencias surgidas en la periferia — y a contrapelo — del mundo occidental.  No podemos contentarnos con el argumento, tal vez válido en el siglo 19, del socialismo como ideal inmaculado existente sólo en potencia, su germen alojado en esa actividad universal deliberada de los seres humanos que llamamos trabajo.  En el siglo 21, el socialismo tiene una experiencia histórica práctica y tangible que mostrar, con resultados mixtos.

El elemento trágico de la experiencia, en su enorme escala humana, es innegable. Pero también hay un elemento constructivo e inspirador de las luchas por venir que debemos abrazar decididamente.  La experiencia histórica práctica del socialismo arranca con la Comuna de París (1871) pero alcanza dimensiones históricas universales en el siglo 20, con la Revolución de Octubre (1917), el triunfo soviético en la Gran Guerra Patria (1941-1945), la liberación de Europa Oriental del yugo nazi (1945), la Revolución China (1949) y, por supuesto, con la Revolución Cubana (1959) y la derrota del imperialismo estadounidense en Vietnam (1975).  En forma amarga, los trabajadores del mundo occidental rico están ahora en condiciones de apreciar la enorme fuerza gravitacional positiva, con efectos tangibles en sus condiciones de vida y de trabajo, ejercida por el ejemplo vivo del socialismo real.  Los socialistas del Norte no podemos, ni debemos, despachar tabula rasa esta gloriosa epopeya histórica.  Necesitamos reclamarla, apropiarnos de ella, en el espíritu de crítica despiadada contra lo existente que Marx nos legó, pero también con el sentido solidario que las luchas de los explotados y oprimidos, en condiciones siempre adversas y hostiles, nos merecen.  Las lecciones se deben aprender, nunca para justificar la claudicación o la traición, sino para redoblar la lucha por el socialismo, y vencer.

En entregas sucesivas en este blog, voy a tratar de examinar un aspecto de la experiencia histórica del socialismo del siglo 20 que considero crucial: la organización y planificación de las economías en transición al socialismo.  Admito de entrada que, a estas alturas, mi trabajo carece de la sistematicidad necesaria.  Es una obra modesta en construcción.  Parto del supuesto de que los problemas que los adversarios del socialismo han enfatizado, y siguen enfatizando, en su afán por negar la viabilidad práctica del socialismo no son imaginarios, sino reales y dolorosos, y que no han sido resueltos o superados todavía, ni en la teoría ni en la práctica.  En última instancia, estos problemas no podrán ser resueltos en definitiva por vía puramente teórica.  El papel del trabajo teórico se limita a generalizar y socializar las experiencias existentes con el fin de minimizar el inescapable costo de la lucha práctica, pero es sólo en y mediante la lucha práctica que tendremos que demostrar de una vez por todas la viabilidad económica e histórica del socialismo en el siglo 21.

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